“Remolacha
forrajera para consumo animal”
21
de julio de 2026.-
Vemos desde hace un
tiempo, notas e información sobre “remolacha forrajera” que está
comenzando a acaparar las miradas en la ganadería argentina. Este cultivo,
conocido por su alto valor energético y su capacidad para producir grandes
cantidades de materia seca, permite engordar ganado incluso durante los meses
más fríos del año, cuando la disponibilidad de pasturas y forrajes
tradicionales es limitada. Cada vez más productores buscan incorporar la
remolacha forrajera a sus sistemas de engorde invernal, debido a los beneficios
productivos y económicos que ofrece. En esta nota, analizaremos algunas de sus
características y beneficios.
La remolacha
forrajera pertenece a la familia Amaranthaceae,
subfamilia Betoideae, género Beta y especie Beta vulgaris
L.. Su nombre común es remolacha forrajera, y en inglés se la conoce
como fodder beet. Se trata de una planta monoica y bienal, con hojas
basales grandes y raíces engrosadas y carnosas que sobresalen del suelo. El
tamaño, la forma y el color de la raíz varían según el cultivar, siendo las
raíces de los cultivares forrajeros menos enterradas, aproximadamente dos
terceras partes que las de los cultivares utilizados para la producción de
azúcar. Las hojas de color verde oscuro y con forma de corazón, se disponen en
una roseta horizontal. Tras cumplir las horas de frío necesarias, la planta
emite un tallo floral con flores verde-amarillentas, bisexuadas y sin pétalos
(Henry, 2010).

Foto
1. Remolacha forrajera. Fuente La Nación Campo.
Uno de los principales
atractivos de la remolacha forrajera es su capacidad de producir grandes
volúmenes de materia seca por hectárea. En condiciones de secano, se pueden
obtener hasta 20 toneladas por hectárea, mientras que, con riego adecuado, la
producción puede superar las 30 toneladas. Esto significa que los productores
pueden mantener mayores cargas animales en invierno, reduciendo la
dependencia de pasturas naturales o concentrados costosos, y mejorando la
rentabilidad del sistema de engorde. Además, la remolacha forrajera es un
cultivo resistente y adaptable. Se adapta a diferentes tipos de suelos y
condiciones climáticas, y su manejo no requiere personal especializado, lo que
facilita su incorporación incluso en establecimientos con recursos limitados.
El costo del
cultivo de remolacha suele rondar los USD 1.303 por hectárea
(labores, semilla, fitosanitarios y fertilización), mientras que el maíz cuesta
aproximadamente USD 500 por hectárea (si se destina a grano)
o USD 950 por hectárea si se utiliza para silo. En términos de
producción en nuestra zona, se pueden obtener más de 1.500 kg de carne por
hectárea en novillos en terminación o vacas, y aún más en terneros de
recría, sumando proteína además de la fibra. La gran ventaja del sistema radica
en que, comparado con un corral basado en maíz y silo producido en el
campo, se necesitan menos de la mitad de hectáreas para alimentar la
misma cantidad de animales.

Foto 2: Ganado bovino en pastoreo directo.
Fuente La Nación Campo.
¿Cuál es el impacto en el suelo?
Además de sus
beneficios para la alimentación del ganado, la remolacha
forrajera también puede tener efectos positivos en la salud y
estructura del suelo. Sus raíces pivotantes y profundas generan canales
naturales que permiten una mejor infiltración de agua, aireación y
drenaje, lo que ayuda a reducir la compactación de las capas superficiales y
favorece el desarrollo de futuros cultivos.
Manejo del cultivo y
período de siembra
En nuestra zona,
el momento ideal de siembra es entre finales de agosto y finales de septiembre.
Sembrar temprano ayuda a reducir los riesgos de pérdidas por hongos. La
remolacha forrajera crece principalmente entre noviembre y marzo, aunque
continúa desarrollándose, de manera más lenta, durante el otoño e invierno.
El éxito del cultivo
depende en gran medida de la dedicación y experiencia de quienes lo
manejan, desde la siembra hasta el pastoreo, y del asesoramiento técnico. Es
clave seguir los protocolos de fertilización (basados en análisis de suelo),
aplicación de herbicidas, insecticidas y fungicidas, y realizar recorridas
periódicas del cultivo, ya que se trata de un manejo intensivo y muy
preciso además de novedoso.
También resulta muy
útil el intercambio con otros productores a través de grupos o
jornadas de campo organizadas por Gentos, KWS y el INTA, donde se pueden
observar distintos manejos, resultados y experiencias, aportando mucho para
mejorar tanto la producción como el consumo del cultivo.
Para lograr un buen
desarrollo de raíces y hojas, es fundamental tener en cuenta
la preparación del suelo y barbecho, la fertilización, los herbicidas
residuales, el control de malezas, insectos (como Parathanus) y oídio, y
planificar la rotación de cultivos. Cada detalle suma para obtener un
cultivo de alta producción y calidad.
“No existen recetas
mágicas, siempre asesorarse para poner en práctica estas propuestas innovadoras”.
Carlos Tejedor
Agroindustrial.
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